Un paseo por San Úrbez de Añisclo y la cascada de Aso

“Bajo los sobrecogedores Sestrales, con sus 2.106 metros de altitud en la cota máxima, un estrato vaciado por el dinamismo geológico fue rellenado por la dinámica de la fe, 1.130 metros mas abajo. Al final del desfiladero, una ermita aparece entre las fauces de una rocas bendecidas por la mano de Dios”. Con estas frases concluye José María Fuixenc su artículo sobre la ermita de San Úrbez de Añisclo en su obra sobre santuarios rupestres altoaragoneses (2000).
Para visitarla podemos realizar un paseo circular para todos los públicos que tiene su origen en el aparcamiento que hay al lado del río Bellós, junto a la carretera que enlaza Escalona (A-138) y Sarvisé (N-260). Es una vía de comunicación que ciñe por el sur el Parque Nacional de Ordesa y Monte Perdido y que enlaza con decenas de lugares de gran atractivo.

El camino está señalizado y permite añadir recorridos de más longitud, aunque en este caso nos vamos a quedar en el más sencillo, pero muy sugerente por diversos motivos. Nada más empezar nos encontramos con el puente de San Úrbez sobre el río Bellós. Está construido en la parte superior de una cortada de altura más que considerable. He leído en diversas publicaciones que hay 30, 40 ó 50 metros entre el agua y el paso, mucha distancia en cualquier caso. 

 

Para los menos aguerridos hay al lado un puente más ancho y menos aéreo. Estropea el elemento bucólico del entorno pero tiene su utilidad. Aurelio Biarge, en 1972, ya renegaba de este segundo puente: “el viejo puentecito está doblado hoy por una nueva pasarela, de aspecto prosaico, montada sobre cubos de hormigón”. Antes, en el ejemplar del diario Nueva España del 8 octubre 1972, escribió sobre el primeo de ellos que “es precioso este puentecito, verdadera obra de arte, colocado sobre sus dos inverosímiles estribos en la estricta vertical del precipicio. ¿Quién lo hizo? ¿Quién tuvo la osadía de concebirlo? ¿Quiénes fueron aquellos que, colgados sobre el abismo, completaron, piedra a piedra, su graciosa e imposible curvatura?”.

Seguimos andando por un cómodo camino y llegamos enseguida a la ermita de San Úrbez. Se accede por una escalera de piedra que deja al visitante frente a la verja que cierra la ermita. Su estructura se limita a un muro que protege un alargado abrigo, sin tapar del todo para que pase la luz, donde se refugiaba el eremita francés que fue pastor por estas latitudes en el siglo VIII. Al fondo hay un espacio cerrado que sería su lugar de oración. 





Damián Iguacen, en su libro “Vida de San Úrbez, sol de la montaña” (1969), explica que el ara del altar era el lugar en el que descansaba el ermitaño. Adolfo Castán, en su libro “Lugares Mágicos del Altoaragón” (2000), explica que la celda donde se refugiaba el santo tiene una puerta que “sigue las pautas del románico sobrarbense” que fecha en torno a los siglos XII-XIII. En el resto, añade, “la cronología es abierta”.

Seguimos el camino. Podemos adentrarnos en el cañón o pasar el río para conocer los restos del molino de Aso y la cascada de este mismo nombre. Tomamos esta segunda ruta. La exuberante vegetación, el sonido de los pájaros, el rumor del agua... el marco del camino es sugerente en sí, independientemente del destino final.



Adivinamos los restos del molino, engullidos por la vegetación y, tras pasar un nuevo puente, estamos en el punto donde se tomaba el agua para mover las ruedas de los molinos que hubo por aquí, según relata Adolfo Castán. Podemos bajar a ver lo que queda del edificio y, entre la ruina y la vegetación, las dos piedras que trituraban el grano se resisten a desaparecer y, en un plano inclinado, recuerdan al visitante el trabajo que allí se realizaba.

Joaquín Naval, en un extra laurentino de Diario del Altoaragón (10 agosto 2008), escribía que “el molino, que fue harinero, se adaptó en los años cuarenta del siglo pasado, como otros muchos, en central eléctrica, y durante décadas suministró electricidad principalmente a los núcleos de Sercué y Nerín”. La industrialización de las producciones, tanto de la harina como de la electricidad, acabó con su actividad. Menciona “otro edificio adosado de menor dimensión, del que solamente quedan los muros. Este contaba con otra planta inferior, que actualmente se encuentra rellena de escombros. Quizá pudo ser la ubicación de un segundo molino, del que se tienen referencias, que estaba superpuesto”. La parada junto a la cascada del molino es obligada. Puede servir para reponer fuerzas y refrescarse los pies. Por ejemplo.


Los más aventureros tienen por este entorno una cueva, visitable en sus primeros metros con iluminación artificial y con cuidado por la humedad, según relatan varios autores. Como era de esperar tiene añadida una leyenda, sobre una mora, que es la forma de dar antigüedad a algo cuyo origen no se conoce pero tiene valor. La vuelta, siguiendo el sendero junto a la cascada del molino, nos dejará en el aparcamiento. Una mañana muy gratificante, sin duda. Hay que volver para seguir por otras sendas de este idílico rincón de Sobrarbe.


San Úrbez, abogado del agua

San Úrbez fue un eremita francés, que vivió en el siglo VIII y fue pastor por tierras del Pirineo. Trajo a estas latitudes los restos de los santos Justo y Pastor. Murió en olor de santidad a los cien años, en el monasterio de Nocito en cuya comunidad vivía. Sus restos se conservaron en ese paraje serrablés hasta la última guerra civil. Un sencillo monumento recuerda el lugar donde fueron quemados.

Un rebaño que solamente come las malas hierbas de un campo de cereal o el paso de un rebaño sobre un caudaloso barranco con su cayado de pastor como pasarela son algunos de los prodigios que se le atribuyen en vida. Más numerosos son los milagros tras su muerte.

San Úrbez cobra protagonismo periódicamente, cuando no hay agua. Es el abogado de la lluvia. Se peregrina a alguno de los santuarios que tiene por la provincia, pidiendo su intercesión para que regresen las precipitaciones del líquido elemento. En 1621, junto a las gentes del entorno, acudieron a Nocito a pedir agua, habitantes de  Tauste, Castejón de Monegros, Bujaraloz y La Almolda, según relata Andrés Deza en su libro “Vida de San Úrbez” (1885).

Debía sobrecoger, también, la peregrinación que desde Albella y San Felices hacían los romeros pasando por Campol, Yeba, Buerba y Vio hasta el santuario para pedir ayuda al santo. El paso del San Úrbez por distintas localidades de la provincia ha generado una constante veneración a su imagen. En un territorio donde siempre ha existido tan mala relación con la lluvia, en el que el agua de la riada se llevaba las lágrimas por la sequía, hacía falta un abogado así.

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