De Rodellar a la ermita de la Virgen del Castillo

El paisaje es sugerente como muy pocos lo pueden ser
Hoy he repetido una excursión que hice en 2011, apta para todos los pùblicos y con unas imagenes espectaculares. Volvemos a Rodellar para visitar la ermita de la Virgen del Castillo y la aldea de Cheto. Hasta aquí hemos llegado por la carretera HU-341 desde Biarge y hasta esta población por la A-1230 (desde Abiego) o la A-1230 (desde Adahuesca).
Estamos ahora en el barrio de la Honguera, enfrente de la parroquial, al que se llega tras salvar un breve barranco por un camino de cemento. Desde aquí, siguiendo las señales informativas, nos dirigiremos a la ermita de la Virgen del Castillo. Es un edificio románico, capilla de un pequeño castro que dominaba un amplio espacio en las sierras exteriores del Pirineo, algo básico en tiempos altomedievales.
Recorremos un cómodo sendero a una altura considerable sobre el cauce del río Mascún, disfrutando de un paisaje atractivo como pocos. Los desvíos a tomar están señalizados. Vemos la ermita enseguida, colgada del espolón rocoso sobre el que se construyó, aunque tardamos en llegar porque es preciso rodear el barranco de la Virgen para cruzarlo por un lugar cómodo. Montoncitos de piedra ayudan a confirmar que vamos por el buen camino. El castillo y la iglesia que alcanzamos tras superar las últimas cuestas no están en la misma cima, se levantaron en la vertiente sur protegidos del viento y orientados al sol.
Ábside de la ermita de la Virgen del Castillo

El paraje en el que nos encontramos es definido así por Adolfo Castán: “el castillo y la ermita de la Virgen se levantan sobre un mundo alucinante de murallas alveoladas, agujas, ventanas naturales y una surgencia de aguas intensamente verdes que suben de la oscuridad”. En su libro sobre los castillo del Alto Aragón, explica que esta posición militar estaba consolidada por su valor estratégico “como muy tarde hacia mediados del siglo XI”. La iglesia, según este autor, “parece del siglo XII”, aunque también pudiera ser anterior. Es muy estrecha y fue ampliada en el siglo XVI, aumentando su longitud, ya que la anchura es imposible por el lugar donde se levantó, al borde de una cortada.

Desde aquí las vistas del barranco que ha horadado el río Mascún a lo largo de los tiempos.

Albert Lequeutre visitó estos parajes en el verano de 1871 y escribió del barranco del Mascún que “un fotógrafo inteligente sacaría allí fotografías maravillosas; pero si alguien se atreviera a dibujar esta extraña fantasía de la naturaleza, lo tratarían de embaucador”. El documento se recoge en el libro “El Alto Aragón antes de Briet” (2007), de Alain Bourneton.
La sombra ayuda a definir la imagen del delfín en la roca hueca
Albert Tissandier, en 1889, escribió que “ya sé que los paisajes del Colorado o de Arizona merecen muchos elogios: pues bien, las ‘gargantas’ de Rodellar y las ‘cuevas’ de Otín no les van a la zaga”. Así lo incluyó María Elisa Sánchez Sanz , en “De viajes y viajeros. El Alto Aragón como camino” (2006). Estas tres publicaciones citadas han sido editadas por DIARIO DEL ALTOARAGÓN.

Tras disfrutar de un paisaje excepcional, volvemos por el sendero que hemos recorrido a la ida, hasta llegar a un desvío por el que iremos a Cheto, una aldea próxima a Rodellar. Ganamos altura poco a poco, pasando junto a la fuente de Fonciachas. Un panel informativo explica que “la pequeña poza ya en la Edad Media abastecía de agua a las personas y animales de San Chil (poblado hoy desaparecido que estuvo junto a Cheto). Los vecinos del lugar jamás la vieron seca: siempre ha fluido libremente”. Una tela mosquitera protege la embocadura del manantial y el agua mana por un pequeño caño a un lado de la estructura.
Fuente de Fonciachas
 Superamos un alto y, tras pasar entre unos muros de piedra que delimitaban espacios de cultivo y de paso, llegamos a Cheto. Es una aldea próxima a Rodellar. Allí encontramos a un perro que se sorprende tanto o más que el que esto escribe y, como no podía ser de otra manera, el dueño que camina tras él presenta un claro acento francés cuando nos indica cómo llegar a Rodellar. Simplemente hay que tomar el camino que dirige a la ermita de San Lorenzo. 
Camino entre Cheto y Rodellas
Entre muros de piedra, algunos de considerable altura, nos acercamos al final de nuestro recorrido. A un lado y otro,  las carrascas provocaban luces y sombras, añadiendo más encanto al que tiene en sí. Acabamos llegando a la ermita del santo oscense, actualmente sin cubierta, de planta rectangular y sencilla portada adovelada. Estamos de nuevo en Rodellar. Volvemos a casa tras una mañana que perdurará mucho tiempo presente en la memoria por la espectacularidad del paisaje.

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