Las coderas de Lorenzo


Lorenzo ya domina la técnica de colocar coderas en los jerséis

Lorenzo sale de la mercería vuelve a mirar el jersey que lleva en una bolsa de tela negra. Lo compara con las coderas que acaba de comprar. Bien, el color es casi idéntico. Recuerda entonces cuando era niño y las coderas –junto a los remiendos- eran moneda corriente en su ropa y en la de casi todos sus compañeros del colegio. La suerte era que, como había que llevar bata, no se notaba nada bajo el guardapolvo de rayas blancas y azules.
Cuando Lorenzo terminó sus estudios y comenzó a trabajar, su madre dejó de poner coderas a los jerséis. Entonces podía tirarlos a la basura cuando amanecía la señal de desgaste en el codo. Nunca pensó que debería volver a poner coderas en su ropa de lana. El trabajo daba calidad de vida y ya había superado esa situación de la infancia. Pero la crisis es la crisis –y la de ahora lo es- y la tela de forma ovalada ha vuelto a formar parte del vestuario de Lorenzo. Ya son varias las veces que ha entrado a la mercería para comprar coderas. La dueña ya le saluda familiarmente.
Mientras sube las escaleras de su casa apuesta por no usar estos recursos para sus hijos. Al fin y al cabo, a él no le supone nada nuevo porque ya lo ha conocido, pero estos críos no han vivido tiempos difíciles y Lorenzo no quiere que pasen por esto. A su favor están las tiendas de ropa de moda juvenil, con precios moderados normalmente y buenas ofertas en las rebajas. Menos mal.
Al llegar a casa, lo primero que hace es extender la tabla de la plancha, sacar el jersey de la bolsa de tela negra y colocarlo sobre la manta blanca. Toma las coderas y coloca la primera en la manga izquierda, donde ha surgido el agujero. Luego repite la operación en la otra manga. Menos mal que estos inventos con pegamento permiten colocar rápidamente las coderas. Solamente faltaría que fuera precio, como antes, coser con cuidado toda la pieza. Hasta este extremo no ha llegado Lorenzo en su adaptación a la crisis.
Recoge la tabla de planchar y se sienta en la cocina. Piensa en lo diferente que era todo cuando estaba Sara. Pero la crisis es la crisis y la paciencia puede disolverse como un terrón de azúcar. Mira el reloj de diseño que le regalaron sus compañeros de trabajo cuando se fue de la empresa a una importante multinacional. Ahora resulta que un expediente de regulación de empleo lo tiene en vilo. Le sabría malo tener que empeñarlo para pagar el gas o la hipoteca. Por si acaso, tendrá que enterarse donde está ahora el Monte de Piedad.  Al menos las coderas, por ahora, resultan económicas.

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