Una visita soñada al Monasterio de Santa María de Casbas






Claustro del monasterio desde el piso superior


“Ya se ha dispertado Guara, ya se ve a medio vestir previniendo tocas largas por la muerte del abril”. Ana Francisca Abarca de Bolea tal vez escribió su poema a Guara, como podía hacer cada mañana, tras otear el horizonte desde una de las ventanas del monasterio cisterciense femenino de Santa María de Casbas de Huesca. Poco podía pensar que, tres siglos después, por esos pasillos, celdas y dependencias sólo circularían el silencio y el recuerdo. Huérfanos de una comunidad religiosa y paralizado un proyecto restaurador, sus muros son mudos testigos de lo que fue durante tantos siglos
Su construcción fue autorizada el 5 de marzo de 1173 a su promotora, Aurea, condesa de Pallars, por el obispo de Huesca, Esteban de San Martín. Desde entonces y hasta la Desamortización marcó la vida espiritual y material de su entorno.
Su austera fachada, a modo de fortaleza, abre paso al patio desde donde se accede a la iglesia, quedando frente a ella el complejo de la fuente, abrevadero y lavadero. “Que eres en todo sabrosa no ay quien lo pueda dudar, que fuente en huerta de monjas quién duda que tendrá sal”. Ana Francisca deja la pluma sobre la mesa y mira por la ventana de su celda.
La construcción primitiva del monasterio de Nuestra Señora de la Gloria de Casbas de Huesca se engloba dentro del arte cisterciense, orden a la que pertenecían las monjas de este cenobio. Junto a elementos románicos se encuentran características góticas. Entre los primeros, destaca la portada de la iglesia. Hay arquivoltas de medio punto con seis haces de columnas, en grupos de tres, con fustes ya desaparecidos.
Los capiteles tienen, en cambio, esbeltez gótica. La arquería vuelve a ser románica, con gran trabajo en detalle, recordando otros de origen borgoñón. Completan la decoración, la imposta, muy sencilla, y el tímpano, un crismón con corderito enmarcado por una moldura circular.

Portada de la iglesia


El interior del templo conserva ábside y parte del crucero románicos. Es de nave única. Presenta columnas adosadas, bóveda de medio cañón y arcos fajones, todo de una gran robustez. Añadidos posteriores desvirtúan la fábrica primitiva, pero son el resultado de concepciones posteriores en cuanto al ornato del templo. 

Interior de la iglesia desde el Coro

Excepto la cabecera, crucero y puerta románicos, hay trabajos de los siglos XVI y siguientes. En el XVII se levantó una nueva bóveda y un tabique en el extremo de la nave del templo, que es donde está el coro bajo. El altar barroco de la Virgen de la Gloria fue construido siendo abadesa doña Ana Francisca Abarca de Bolea. En lo alto de las columnas del presbiterio hay urnas con los restos de la fundadora y algún familiar, instaladas allí en el siglo XVII, tras haber permanecido hasta ese momento en el contrafuerte del lado de la epístola.
“Media noche era por filos, las doce dava el reloch, cuando ha nagido en Belén vn mozardet como vn sol”. Es la Albada al Nacimiento. Hace frío en el convento. La humedad es un problema. Los fustes de las columnas del claustro se deshacen.
Volvemos al patio. Tras un paso bajo el edificio, se llegaba al coqueto patio de acceso al complejo conventual. Zapatas de madera labrada descansan en columnas de sencillos capiteles que imitan el estilo corintio. Esta estructura soporta un pórtico que protege la portada, con arco apuntado ojival. En el patio interior que se configura, separado del patio de ingreso al complejo y la iglesia, estaban también los accesos al torno, el locutorio y la hospedería.

Entrada principal al convento

El claustro es gótico, único en su género en Aragón. Se podría situar entre los siglos XIV y XV. Recuerda a los existentes en Olite y Sangüesa (Navarra), así como el de Palma de Mallorca. La planta cuadrada se ve recorrida por doce arquerías en cada uno de sus lados. Son pequeñas, apuntadas y de tracerías treboladas. Descansan sobre capiteles octogonales, exentos de decoración, y sobre columnas.
Tal vez encontráramos por aquí a Sor Inmaculada, quien nos zambulliría rápidamente en la historia del cenobio, en sus momentos de gloria y elementos de mayor lustre. Nos explicaría que entre las monjas que vivieron en esta comunidad hubo representantes de las familias más linajudas de Aragón. Luego, saldría a idéntica velocidad al canto de Vísperas. Ora et labora.
En muchos casos, la humedad ha deshecho los fustes, que fueron sustituidas por pilares de ladrillo. Además, al levantarse entre los siglos XVI y XVII una planta sobre la primitiva, pasaron a cumplir misiones de soporte con otros recios pilares que rompen la unidad del conjunto. Una restauración, llevada a cabo en la década de 1980, devolvió parcialmente su primitivo esplendor.

Detalle del Claustro

Ana Francisca Abarca de Bolea busca el poco sol que entra al claustro. En una esquina, junto a la desgastada piedra, crece una flor. “Rosa que al nacer el día te ostentas con tal fragancia que sin ser en ti arrogancia estimas tu lozanía. Cortada das alegría y vivifica tu olor mas te advierto con dolor que tu vida será breve, que el que a cortarte se atreve quiere verte ajada flor”.
Las principales dependencias conventuales han sido modificadas o han perdido su utilidad inicial. El antiguo refectorio es una sala muy amplia y de planta rectangular. Se accede a ellas tras franquear una puerta decorada con cuarterones. Gruesas vigas de madera descansan sobre zapatas del mismo material, labradas. La antigua sacristía fue luego la sala capitular. 

Detalle del refectorio

La madre Dolores, abadesa durante un tiempo y más tranquila en sus formas, sonreiría mientras acudía a la cocina a vigilar la elaboración de los “suspiros de monja”, dulces por los que muchas personas conocieron la existencia de este convento. Aunque fuera el mes de julio, bajo la manga de su hábito, se adivinaría la de un jersey de lana. La humedad fue un serio contratiempo para el edificio y las personas que lo habitaban. 

Piedra y madera componen la estructura del cenobio

La sala capitular fue dividida en dos plantas y varias habitaciones. Una de ellas cumplía funciones de sacristía. En otra, que da al claustro como todas las dependencias citadas, se conservan las sepulturas de dos abadesas. El coro alto tiene sillería del siglo XV. Lo que se mantiene permite ver interesantes trabajos de madera con filigranas y medallones que, por sus motivos, enlazarían con épocas anteriores.
La llegada de un grupo de jóvenes monjas cistercienses a finales de los años 80 del pasado siglo supuso una especie de renacimiento del complejo conventual, recuperando la hospedería donde se congregaban grupos en retiro espiritual, así como incrementando la oferta de los tradicionales suspiros con otras fruslerías para el estómago, el olfato y la vista, a través de esa cerámica abacial de colores azul y blanco.
La conversación, entonces, con Sor Nuria o Sor Antonia, ya no giraba en torno al importante pasado de la comunidad, sino que se trataba de ver quién colaboraba para instalar un horno en el que cocer la cerámica o ver cómo completar el arreglo de la zona del torreón para dedicarlo a hospedería.

El Coro desde la iglesia

Pero la falta de vocaciones logró lo que no pudieron los siglos: cerrar la puerta del convento para no volverse a abrir. Sucedió algo parecido con ocasión de alguno de los conflictos bélicos que asolaron esta tierra en los siglos XIX y XX. Pero el cierre duró lo que el peligro. Ahora no hay guerra o conflicto que evitar, simplemente no hay quien quiera vivir allí. Es diferente.
Ana Francia Abarca de Bolea acababa su poema a Guara escribiendo: “lo mal que te paga el tiempo, no quieras vengarle en mí, dando por paga a mi amor mucho hielo que sentir”. Los sentimientos en torno al convento están a la espera de un nuevo despertar –una nueva muerte de abril- que su historia, Guara y el pueblo que lo alberga se merecen. El 4 noviembre 1980, Aragón Expres publicaba una información sin firma titulada “El monasterio de Casbas es nuestra herencia para Aragón”. Eran palabras de la abadesa en ese momento, al reclamar una restauración que entonces no llegaba. “Cuando nosotras no estemos –indicaba- este convento quedará para Aragón porque es parte de su historia”. La herencia, en principio, se encuentra congelada. ¿Podemos olvidarnos del monasterio de Casbas?

Detalle de la Clausura

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