De crisis y aprendizajes


Billetes españoles de diferentes momentos en el siglo XX


Estos días se celebra el vigésimo aniversario de la Expo de Sevilla de 1992. Un gran evento. Recuerdo que tuve oportunidad de acudir a la capital andaluza por asuntos de trabajo. La primera fui en tren y pude ver, en el trayecto entre Zaragoza y Madrid, cómo casi todas las vigas de los puentes de la autovía que se construía entonces llevaban la marca oscense de Alvisa.
La primera visita fue para las fechas de la inauguración. Se daban los últimos toques y abundaban máquinas y operarios. Buena parte de la maquinaria pequeña era de Humsa. También había grúas de Luna. El segundo viaje, por avión, permitió ver el parque de bomberos del aeropuerto de Jerez: los vehículos llevaban el sello de Saval Kronemburg. Por citas los ejemplos más llamativos.
Para los “fatos”, aquello era algo más que una casualidad. Era la consecuencia de la fuerza de nuestra industria. Una industria tan potente –por lo que se ha visto- que en los años posteriores fue desapareciendo hasta dejarnos en la casi absoluta orfandad manufacturera. Un chasco, sin duda.
Luego vino el euro y los funcionarios (públicos y privados) de la capital oscense vieron que el “cafelito” de la mañana pasaba de 100 a 166 pesetas por la sencilla razón de que una moneda de cien pesetas tenía un tamaño parecido al del euro. Lógica matemática. Me lo contaba mi amigo Pedro esta mañana: la crisis empezó con el 92 y el euro.
Ahora se reclama una reindustrialización de la ciudad. Hemos tenido veinte años para darnos cuenta de que marchábamos cuesta abajo y sin frenos. Solamente medraron los del ladrillo, aumentado el perímetro de la ciudad por donde les vino en gana. Bueno, esto es algo que se ha producido periódicamente. Sorprende que no aprendamos de los errores.

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